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Alepo: La primera victima de la guerra es la verdad

2016.12.22 03:49 migpodemos3c Alepo: La primera victima de la guerra es la verdad

Pocos textos tan lúcidos se pueden leer sobre la guerra de Siria como estos que reproduce Sin Permiso recientemente: http://www.sinpermiso.info/textos/hay-mas-de-una-verdad-que-contar-sobre-alepo Versiones diferentes pero lo que está claro es que lo que se juega en Siria es una guerra por recursos y poderes geopolíticos al precio de las víctimas de siempre.
Alepo: La primera victima de la guerra es la verdad ** Robert Fisk
Los políticos occidentales, los “expertos” y los periodistas se aprestan a reinicializar sus narrativas en los próximos días, ahora que el ejército de Bashar al-Assad’s ya ha recuperado el control del este de Alepo. Descubriremos si los 250.000 civiles “atrapados” en la ciudad de verdad eran tantos. Oiremos mucho más sobre por qué no fueron capaces de salir cuando el gobierno sirio y la fuerza aérea rusa comenzaron su feroz bombardeo de la parte oriental de la ciudad.
Y aprenderemos mucho más sobre los “rebeldes” a los que Occidente –EEUU, Gran Bretaña y nuestros amigos rebanacabezas en el Golfo— han venido dando apoyo. Estos incluyen a al-Qaeda (alias Jabhat al-Nusra, alias Jabhat Fateh al-Sham), la “gente” –como George W. Bush la llamaba– que cometió los crímenes contra la Humanidad en Nueva York, Washington y Pennsylvania el 11 de septiembre. ¿Se acuerdan de la Guerra contra el Terror? ¿Se acuerdan de la “maldad pura” de al-Qaeda? ¿Se acuerdan de todas las advertencias de nuestros amados servicios de inteligencia y seguridad en el Reino Unido sobre cómo podía llevar al-Qaeda el terror a Londres? ¿Se acuerdan?
No cuando los rebeldes, incluida al-Qaeda, defendían bravamente el este de Alepo; entonces, no. Porque se estaba tejiendo para nosotros una potente narrativa sobre heroísmo, democracia y sufrimiento, un cuento de buenos chicos contra malos chicos tan explosivo y falsario como las “armas de destrucción masiva”.
En los tiempos de Saddam Hussein –cuando unos pocos sosteníamos que la invasión ilegal de Irak llevaría a la catástrofe y a un indecible sufrimiento, y que Tony Blair y George Bush nos estaban llevando por el camino de la perdición—, se nos exigía siempre mostrar nuestra repugnancia por Saddam y su régimen. Teníamos que recordar constantemente a nuestros lectores que Saddam era uno de los Tres Pilares del Eje del Mal.
Pues aquí va de nuevo el mantra habitual, que tenemos que repetir ad nauseam para evitar el habitual correo cargado de odio y el oportuno maltrato acosador que se dispensará hoy a quienquiera se atreva a salirse de la endeble y mendaz versión autorizada de la tragedia siria:
Sí, Bashar al-Assad ha destruido brutalmente vastas zonas de sus ciudades en su batalla contra quienes quieren derrocar su régimen. Sí, este régimen tiene un sinnúmero de pecados en su haber: tortura, ejecuciones, cárceles secretas, asesinatos de civiles y –si incluimos a la milicia siria, teóricamente bajo control del régimen— una espeluznante versión de la limpieza étnica. Sí, debemos temer por las vidas de los valientes médicos del este de Alepo y de las personas que han estado bajo sus cuidados. Cualquiera que haya visto el pateo a que fue sometido el joven sacado de la fila de refugiados huyendo de Alepo la pasada semana por parte de los hombres del servicio de inteligencia del régimen debería temer por la suerte de todos aquellos a quienes no se permitió cruzar las líneas gubernamentales. Y se puede recordar que el sombrío informe de la ONU sobre los 82 civiles “masacrados” en sus hogares en las últimas 24 horas.
Pero llegó la hora de contar la otra verdad: que muchos “rebeldes” a quienes ha venido dando su apoyo Occidente –y a los que nuestra prepóstera Primera Ministra Theresa May bendijo indirectamente cuando se postró ante los rebanacabezas del Golfo la semana pasada— se cuentan entre los combatientes más crueles e implacables del Oriente Próximo. Y aun cuando hemos estado lloriqueando por los atrocidades del Estado Islámico durante el asedio de Mosul (un acontecimiento demasiado similar al de Alepo, aunque nadie lo diría leyendo las narrativas habituales), hemos ignorado a propósito el comportamiento de los rebeldes en Alepo.
Hace solo unas semanas, entrevisté a una de las primeras familias musulmanas escapadas del este de Alepo durante un alto el fuego. El padre acababa de recibir la noticia de que su hermano había sido ejecutado por los rebeldes a causa de que él había cruzado la línea de frente con su mujer y su hijo. Condenó a los rebeldes por cerrar las escuelas y colocar armamento cerca de los hospitales. Y no era un badaluque pro-régimen: incluso decía sentir cierta admiración por el buen comportamiento del Estado Islámico (EI) en los primeros días del asedio.
Por esos mismos días, los soldados sirios me confiaban en privado su convicción de que los norteamericanos dejarían que el EI saliera de Mosul para volver a atacar al régimen en Siria. Un general norteamericano llegó incluso a expresar su temor a que los milicianos chiitas iraquíes pudieran impedir al EI escapar hacia Siria a través de la frontera iraquí.
Bueno, pues es lo que pasó. En tres grandes columnas de camiones suicidas y miles de simpatizantes armados, el EI cruzó el desierto para pasar de Mosul en Iraq, y de Raqqa y Deir ez-Zour en la Siria oriental, al asedio, una vez más, de la hermosa ciudad de Palmira.
Resulta sumamente instructivo observar la cobertura periodística de esos dos sucesos paralelos. Casi todos los titulares de hoy hablan de la “caída” de Alepo en manos del ejército sirio, cuando lo natural habría sido hablar de su “reconquista” contra los rebeldes. En cambio, se dice que el EI ha “reconquistado” Palmira, cuando –dado su criminal comportamiento— lo que debería decirse es que la antigua ciudad romana había “caído” una vez más bajo la grotesca dominación del EI.
Las palabras cuentan. Porque estos son los hombres –nuestros “compis”, me figuro, si hay que atenerse a la narrativa yihadista habitual— que, tras la primera ocupación de la ciudad, cortaron la cabeza al académico de 82 años que trató de proteger los tesoros romanos, para volver a colocar luego sus gafas en la cabeza decapitada.
Según admiten ellos mismos, los rusos lanzaron 64 bombardeos aéreos contra los atacantes del EI en las afueras de Palmira. Pero dadas las enormes columnas de polvo levantadas por los convoyes del EI, ¿por qué no llegó a sumarse la fuerza aérea estadounidense al bombardeo de su peor enemigo? Pues no: por alguna razón, los satélites y los drones y los servicios de inteligencia de los EEUU no llegaron a percatarse. Tampoco lo hicieron cuando el EI utilizó idénticos convoyes de camiones suicidas para asediar Palmira la primera vez que ocuparon la ciudad, en mayo de 2015.
No ofrece la menor duda el revés que Palmira representa tanto para el ejército sirio como para los rusos, aunque sea más simbólico que militar. Funcionarios sirios me aseguraron a comienzos de este año que jamás se permitiría que el EI regresara a Palmira. Había una base militar rusa en la ciudad. La fuerza aérea rusa hacía ejercicios de sobrevuelo. Una orquesta rusa había tocado en las mismas ruinas para celebrar la liberación de Palmira.
Y bien, ¿qué ocurrió? Lo más probable es que los militares sirios, simplemente, no dispusieran de hombres bastantes para defender Palmira cuando estaban cerrando el cerco sobre Alepo.
Tenían que recuperar Palmira, y rápido. Pero para Bashar al-Assad el fin del asedio de Alepo significa que el EI, al-Nusra, al-Qaeda y todos los demás grupos salafistas y sus aliados ya no pueden afirmar que disponen de una base, o crear una capital, en la larga línea de grandes ciudades que constituye la espina dorsal de Siria: Damasco, Homs, Hama y Alepo.
Volvamos a Alepo. La habitual y ahora desmayada narrativa periodística precisa de refresco. Estos últimos días ofrecen la prueba. Tras meses de condenar las iniquidades del régimen sirio al tiempo que se echaba niebla sobre la identidad y la brutalidad de sus oponentes en Alepo, las organizaciones de derechos humanos –oliéndose la derrota de los rebeldes— comenzaron hace sólo unos días a difundir críticas que incluían a los defensores del Alepo oriental.
Pongamos el caso del Alto Comisionado para Derechos Humanos de la ONU. Después de que la semana pasada insistiera en sus habituales –y perfectamente entendibles— temores por la población civil del este de Alepo y su personal médico, así como por los civiles sujetos a represalias gubernamentales y los “centenares de hombres” que podrían haber desaparecido tras cruzar las líneas del frente, la ONU, de repente, comenzó a expresar otros temores.
“Durante las dos últimas semanas, el Frente Fatah al-Sham [es decir, ¡el EI!] y el batallón Abu Amara parecen haber secuestrado y asesinado a un número desconocido de civiles que habían pedido a los grupos armados que se alejaran de sus vecindarios para ahorrar vidas de civiles.”
Y continúa: “También hemos recibido informaciones, según las cuales, entre el 30 de noviembre y el 1 de diciembre, los grupos armados de oposición dispararon contra civiles que trataban de huir”. Además, se han registrado “ataques indiscriminados” sobre áreas densamente pobladas del oeste de Alepo dominado por el gobierno y del este “rebelde”.
Yo sospecho que oiremos más cosas por el estilo en los días venideros. El mes próximo leeremos también un libro nuevo que pone los pelos de punta, Mercaderes de hombres, de la periodista italiana Loretta Napoleoni, sobre la financiación de la guerra en Siria. Habla de las fuerzas gubernamentales y de las fuerzas rebeldes en términos de secuestradores exprés, pero tiene también palabras durísimas para nuestra profesión periodística.
Escribe, por ejemplo, que “reporteros secuestrados por grupos armados en el este de Siria cayeron víctimas de una síndrome de Hemingway: los corresponsales de guerra que apoyan la insurgencia confían en los rebeldes y ponen sus vidas en sus manos, porque están aliados con ellos”. Pero “la insurgencia no es más que una variante del yihadismo criminal, un fenómeno moderno con una sola lealtad: el dinero” ¿Demasiado dura con nuestra profesión? ¿Somos realmente “aliados” de los rebeldes?
Desde luego, nuestros amos políticos lo son. Y por la misma razón que los rebeldes secuestran a sus víctimas: dinero. De aquí la desgracia del Brexit para May y su corte bufonesca de ministros, que la semana pasada se postraron ante los autócratas suníes que financian a los yihadistas de Siria en la esperanza de ganar millones de libras esterlinas con ventas de armas pos-Brexit al Golfo.
En unas horas, el Parlamento británico debatirá sobre la delicada situación de los médicos, las enfermeras, los niños y civiles heridos de Alepo y otras zonas de Siria. El grotesco comportamiento del Gobierno del Reino Unido ha conseguido que ni los sirios ni los rusos presten la menor atención a nuestros miserables lloriqueos. Y eso, también, debe formar parte de este cuento.
Traducción para www.sinpermiso.info: Miguel de Puñoenrostro
"No siento un total pesimismo. La lucha va más allá del contexto sirio". Entrevista
Yassin al-Haj Saleh
¿El conflicto sirio se encamina hacia un punto de inflexión decisivo? Los eventos de Alepo lo sugieren. En las grandes metrópolis del norte, la rebelión está sufriendo una dolorosa derrota contra el ejército del régimen con la ayuda de múltiples milicias extranjeras y la aviación militar rusa. Presente en Bruselas, el opositor sirio Yassin al-Haj Saleh, ex preso político ahora en el exilio en Turquía, nos da sus impresiones.
-¿Qué le parece la inminente caída de la parte rebelde de Alepo, en las manos del régimen?
La verdad es que la ciudad no caerá exactamente en las manos del régimen, sino entre las milicias de Irán (NdT: chiítas), libanesas, iraquíes, etc. que están presentes sobre el terreno con el apoyo masivo de la aviación rusa. ¡Y el aval del resto del mundo! Ciertamente, países como Francia o los Estados Unidos no están contentos con lo que está sucediendo, pero no mueven un dedo para evitar el desarrollo de los acontecimientos. El régimen fascista del tirano Bashar al-Assad va a continuar en el poder luego de destruir el país y haber aniquilado una generación, con ese medio millón de muertos, millones de desplazados internos o exiliados. La represión sobrepasa todo lo que habíamos experimentado en Siria en la década de 1980.
-¿Cómo juzga usted a la comunidad internacional?
Todo se hizo evidente a finales de agosto de 2013, después del ataque químico contra la periferia rebelde de Damasco, que dejó 1.466 muertes en un solo día. "Ellos" simplemente decidieron quitarle el arma del crimen con el acuerdo entre los EE.UU. y Rusia, que obligó al régimen a entregar a la ONU sus stocks de armas químicas. El régimen comprendió bien la significación del mercado: ¡permiso para matar con cualquier arma! A continuación, comenzó a utilizar masivamente los barriles cargados de TNT lanzándolos desde helicópteros contra la población.
-¿Usted pone a Obama en el primer rango de las críticas?
Nunca tuvo la opción de no intervención. Eligió actuar en nombre de los rebeldes o para estabilizar la situación. Por lo tanto ayudó eficazmente al gobierno. El pretexto es que en la rebelión había extremistas islámicos radicalizados, una primera explicación comprensible. Salvo que vio las cosas como si se limitaran a una elección entre el fascismo, el régimen o los yihadistas, ¡ignorando a todos los demás rebeldes! Nosotros pasamos a ser invisibles. Ciertamente había una radicalización, una militarización, una islamización de la rebelión, un aumento incluso del nihilismo, y también la corrupción de los grupos radicales apoyados por los saudíes; pero el fenómeno del "Estado Islámico", que nada tiene que ver con Siria, fue germinando en Afganistán y ha crecido en Irak.
-¿En su último libro, usted explica que el régimen utiliza el confesionalismo...
Esto no es nuevo para nosotros. El plan busca dividir, asustar, para controlar a la población. El objetivo: que cada comunidad tenga miedo de los demás. ¿Tienes miedo? El régimen les protege! Ese es el mensaje, las manipulaciones confesionales no tienen nada que ver con la fe religiosa en realidad. Desde el comienzo de las protestas y la violencia en la primavera de 2011, el régimen amenazó con la guerra civil. Durante mucho tiempo los sirios tuvieron miedo. Sin embargo, las matanzas sectarias nunca habían existido antes en Siria. Muchas personas en el año 2011, veían con entusiasmo las imágenes de la plaza Tahrir en Egipto, donde grandes multitudes desafiaron el déspota, una fórmula mágica que lograría el resurgir de una protesta pacífica. Pero el 1° de abril de 2011, en la plaza más grande de Damasco, el régimen disparó contra la multitud y hubo 80 muertos y 200 en Homs. Los rebeldes entonces creían que la comunidad internacional volaría a su rescate, que no permitiría la repetición de masacres como la perpetrada por el padre de Bashar, Hafez, en Hama en enero de 1982. La presencia del embajador de los Estados Unidos, Robert Ford, en Hama, durante una gran manifestación a principios de julio había fortalecido esas esperanzas. ¡Ay! que están decepcionados.
-¿Para justificarse, Barack Obama dice que no ha sido capaz de identificar a grupos rebeldes armados "fiables"...
Es una explicación elitista y que no tiene sentido. ¿Si un criminal entra en su casa y amenaza de muerte a sus hijos, se espera hasta encontrar una alternativa atractiva para responder? Queremos luchar con armas eficaces. Sí, los problemas de Siria son importantes, pero el deber del mundo es evitar la muerte de civiles, la nuestra es resolver los problemas entre los sirios.
-El régimen dice que tiene el apoyo de la mayoría de la población...
¡Muy bien! Vamos a pasar por elecciones libres para ver. La población, mientras tanto, recibe la visita de los Soukhoï rusos que lanzan sus bombas.
-¿La caída de Alepo qué presagia como futuro?
Dos sentimientos contradictorios me asaltan. En primer lugar, el hecho de que las esperanzas de la Revolución Siria murieron. Estamos derrotados. Es demasiado tarde, no podemos ganar. Al mismo tiempo, quiero hablar de mi orgullo. Por nuestra lucha, por nuestros muertos, por nuestros torturados por nuestros humillados. Pero no siento un pesimismo total. La lucha va más allá del contexto sirio. Esta es una lucha global por la dignidad y la libertad. Aprendemos de los otros, pero ahora nosotros tenemos mucho que decirles a los demás. Cabe destacar que este conflicto se ha convertido en el paradigma de la guerra contra el terrorismo. Y que esta guerra puede destruir la democracia de ustedes. Vean el éxito de Donald Trump en los Estados Unidos ... Básicamente, es una guerra perfecta para la élite y para controlar mejor a la gente.
-¿Usted sigue siendo un marxista?
(Risas) Digamos que me considero un hombre de izquierda. A pesar del hecho de que las izquierdas en el mundo, se ubican a menudo en el campo de los criminales Bashar Assad y Vladimir Putin. Mis combates son la defensa de la dignidad humana, la justicia social. Es una izquierda que no añora el fuego de la Unión Soviética, sino que más bien se referencia en los valores de los republicanos durante la Guerra Civil española.
*Traducción de Ernesto Herrera – Correspondencia de Prensa Robert Fisk Corresponsal del diario británico The Independent en Oriente Medio. Yassin al-Haj Saleh escritor y disidente, pasó dieciséis años en las cárceles sirias. Se exilió en octubre de 2013 para escapar del régimen y del “Estado Islámico”. Fue el invitado de la Fundación Europea para la Democracia y de la asociación ActionSyrie. *
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2016.06.05 18:59 ShaunaDorothy El general Giap y la victoria vietnamita sobre el imperialismo (Febrero de 2014)

https://archive.is/JbePb
Espartaco No. 40 Febrero de 2014
Los días 12 y 13 de octubre, cientos de miles de vietnamitas se congregaron en todo el país para despedir al general Vo Nguyen Giap durante dos días de luto nacional. Giap, quien había muerto el día 4 a la edad de 102 años, fue el principal arquitecto de la derrota que dos potencias mundiales sufrieron en Vietnam: primero Francia, que había colonizado el país a mediados del siglo XIX, y después Estados Unidos. Las guerras de Vietnam, que duraron 30 años (1946-75) y costaron cerca de tres millones de vidas, fueron parte de la cruzada imperialista por “revertir el comunismo”, dirigida a restaurar el dominio capitalista en la Unión Soviética y ahogar en sangre las luchas de obreros y campesinos por la liberación nacional y la revolución social en otras partes del mundo.
Tras haber sido profesor de historia y periodista, Giap fue el principal comandante militar del ejército vietnamita que derrotó decisivamente a los franceses en la batalla de Dien Bien Phu de 1954. La victoria del Vietminh (Liga por la Independencia de Vietnam, dirigida por los comunistas de Ho Chi Minh con la participación de algunos nacionalistas burgueses) resultó en la división del país entre un estado obrero burocráticamente deformado en el norte y un régimen capitalista bajo el dominio del imperialismo estadounidense en el sur. Dien Bien Phu dio un tremendo aliento a las luchas independentistas de las colonias que le quedaban a Francia, ayudando en particular a detonar la lucha por la liberación nacional de Argelia, que estalló más tarde ese año.
Estados Unidos sufriría una impactante derrota frente al ejército de Vietnam del Norte y el Frente de Liberación Nacional (FLN, o Viet Cong) de Vietnam del Sur. Esa guerra brutal y aparentemente interminable produciría una situación explosiva en Estados Unidos, corazón del imperialismo mundial, y radicalizaría a toda una generación de jóvenes en el mundo entero. Contemplar a la gigantesca maquinaria militar estadounidense siendo vencida por los obreros y campesinos de un país pobre del Tercer Mundo inspiró a otros pueblos oprimidos a luchar por su propia liberación. Sin embargo, fracasaron numerosos intentos de emular los movimientos guerrilleros basados en el campesinado que sucedieron en China, Vietnam y Cuba, costándole la vida a muchos aspirantes a revolucionarios.
El derrocamiento del dominio capitalista en Vietnam fue una victoria histórica para la clase obrera internacional, cuyo deber es defender esas conquistas con uñas y dientes contra el imperialismo y la contrarrevolución interna. Esto a pesar del gobierno del régimen estalinista que desde el principio ha reprimido políticamente a la clase obrera y se ha opuesto a la lucha por la revolución obrera en el resto del mundo. En cambio, la revolución proletaria de Octubre de 1917 en Rusia, bajo la dirección del Partido Bolchevique, estableció el gobierno de los consejos (soviets) obreros y campesinos, y dos años después fue inaugurada en Moscú la Internacional Comunista (o III Internacional) para promover la lucha por la revolución socialista mundial.
Giap era el ministro de defensa de Vietnam del Norte en 1975, cuando Saigón cayó ante el ejército norvietnamita y el FLN, llevando a la reunificación de Vietnam del Norte y del Sur. Durante años, la derrota del imperialismo estadounidense en Vietnam disuadió a sus gobernantes de proseguir sus sangrientas intenciones en el resto del mundo. Por su destacado papel en la liberación de Vietnam, los trotskistas honramos a Vo Nguyen Giap, cuyos dedicación y genio militar serán recordados en la historia.
El estalinismo y la lucha contra el imperialismo
Vo Nguyen Giap se unió al Partido Comunista Indochino (PCI) de Ho Chi Minh a principios de los años treinta. Por el modo en que construyó desde cero las fuerzas militares del Vietminh y dirigió después el ejército regular de Vietnam del Norte, incluso sus enemigos lo elogiaron como un estratega militar sobresaliente. Famoso sobre todo por Dien Bien Phu, Giap participó en otras batallas clave y se le atribuye la creación de la “Ruta Ho Chi Minh”, la crucial línea de abastecimiento para los combatientes del FLN en el Sur. También organizó la invasión a Camboya de 1979, que derrocó al enloquecido régimen de Pol Pot. Si bien los detalles sobre la vida temprana de Giap son escasos, es claro que pagó un precio personal devastador por su dirigencia de la lucha antiimperialista, pues los franceses mataron a varios de sus familiares más próximos, incluyendo a su esposa.
Sin dejar de reconocer que a Giap se le cuenta con frecuencia entre los grandes líderes militares del siglo XX, el obituario del New York Times del 4 de octubre entonó su supuesta “indiferencia dilapidadora por la vida de sus soldados”, citando la afirmación del criminal de guerra y general William C. Westmoreland de que “cualquier comandante estadounidense que sufriera bajas tan numerosas no duraría ni tres semanas”. Éste es el rencor de los derrotados de Vietnam, los mismos imperialistas que estuvieron dispuestos a causar cualquier cantidad de muertes, destrucción y sufrimiento a quienes lucharan por la liberación nacional y social. El general Giap libró una guerra revolucionaria: los obreros y campesinos que luchaban bajo su mando estaban dispuestos a sacrificarse para liberarse del yugo colonial y de los terratenientes, opresores y explotadores locales. “En última instancia, la victoria en cualquier guerra depende de la disposición de las masas a verter su sangre en el campo de batalla”, escribió alguna vez Giap.
En el más marcado contraste, los efectivos conscriptos estadounidenses, mayormente de procedencia obrera, se hallaban librando una guerra en nombre de sus propios explotadores y opresores. Especialmente conforme se hacía evidente que Estados Unidos estaba perdiendo, empezaron a oponerse cada vez más a sus oficiales y al gobierno. Cuando Muhammad Alí hizo su famosa declaración “Nadie del Viet Cong me ha llamado n----r [brutal epíteto racista]”, daba voz a los sentimientos de un número creciente de soldados, especialmente negros, que sabían que la “libertad” por la que supuestamente estaban luchando en Vietnam se les negaba en casa.
Sin embargo, el papel de Giap fue contradictorio. El programa del PCI y sus continuadores reflejaba la perversión del marxismo que había llevado a cabo la casta burocrática estalinista que dominó políticamente al estado obrero soviético a partir de 1923-24. En el vano intento de aplacar el odio de clase que los imperialistas le tenían a la URSS, el régimen burocrático abandonó el programa bolchevique de la revolución mundial y adoptó el dogma del “socialismo en un solo país”. La Internacional Comunista se fue transformando cada vez más en un instrumento de la burocracia en su búsqueda de la “coexistencia pacífica” con el imperialismo.
En 1935, el frente popular —codificación de la política estalinista de buscar alianzas con las fuerzas burguesas “progresistas”— se convirtió en la práctica sistemática de la III Internacional, lo que la llevó a traicionar oportunidades revolucionarias en todo el mundo. Conforme la Segunda Guerra Mundial se desarrollaba y la URSS enfrentaba la amenaza mortal de la Alemania nazi, esta política significó impulsar las credenciales “democráticas” de un conjunto de explotadores capitalistas y opresores imperialistas (salvo por el breve intervalo que se conoce como el pacto Hitler-Stalin). En nombre del antifascismo, los partidos comunistas de los países militarmente aliados de la URSS se volvieron leales sostenes de los gobiernos capitalistas, respaldando sus objetivos de guerra contra los imperialistas rivales, oponiéndose a las huelgas y demás luchas en casa, así como a la lucha por la independencia de sus “propias” colonias. En Vietnam, eso significó que en esa época el Partido Comunista no desafió el dominio colonial francés.
En la Segunda Guerra Mundial, los trotskistas llamaron a la clase obrera a oponerse a todos los combatientes imperialistas, sin interrumpir la lucha de clases en casa y luchando al mismo tiempo por la defensa militar incondicional de la Unión Soviética. En diversos países coloniales y semicoloniales donde los partidos comunistas repudiaron la lucha por la emancipación nacional, los trotskistas consiguieron en consecuencia una influencia significativa entre el proletariado. Uno de esos países fue Vietnam, y eso puso a los trotskistas en la mira no sólo de los imperialistas, sino también de los estalinistas.
Dien Bien Phu y los Acuerdos de Ginebra
Hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, la burocracia del Kremlin entabló una serie de acuerdos con sus aliados militares británicos, estadounidenses y otros, que incluía el control de sus colonias y semicolonias. Vietnam, que había estado ocupado por los japoneses, quedó dividido en dos en el paralelo 16, asignándosele el norte a la China de Chiang Kai-shek y el sur a Gran Bretaña (y posteriormente a Francia). Sin embargo, cuando los japoneses se retiraron, el Vietminh se apoderó del norte y Ho Chi Minh proclamó la República Democrática de Vietnam (RDV). Entonces aceptó la entrada de tropas francesas al norte dentro del marco de una independencia limitada al interior de la “Unión Francesa”. Una vez que el ejército francés entró, se volvió contra el gobierno de Ho Chi Minh. En noviembre de 1946, los franceses bombardearon el puerto de Hai Phong, matando al menos 6 mil vietnamitas.
El Vietminh respondió al ataque de Hai Phong con una amplia contraofensiva, marcando el inicio de lo que sería una prolongada guerra de liberación. Al final de 1953, el comando militar francés decidió fortificar Dien Bien Phu, una pequeña aldea cerca de la frontera con Laos. Su idea era crear una base segura desde la cual hostigar al Vietminh de Giap en las montañas del noroeste. Los franceses construyeron un formidable campamento atrincherado y llevaron ahí 16 mil tropas, entre ellos a la Legión Extranjera, su cuerpo expedicionario de élite. Asumían que los bosques y montañas circundantes imposibilitarían al enemigo el uso de la artillería pesada, que en todo caso sería vulnerable al ataque aéreo.
El Vietminh sólo podía acceder a Dien Bien Phu a través de un estrecho sendero de mulas de 88 kilómetros interrumpido por numerosos arroyos de montaña. En pocos meses, construyeron decenas de puentes pese al constante ataque de la artillería francesa, así como las tormentas e inundaciones. Usando los ríos, arroyos, caminos y senderos, miles de sampanes e innumerables convoyes de mulas y bicicletas transportaron 4.5 millones de toneladas de material. La artillería se transportó por partes por el empinado sendero, para volver a reensamblarse ahí.
Para enero de 1954, 55 mil tropas del Vietminh habían tomado posición en las colinas que dominan la guarnición, y el 13 de marzo el general Giap lanzó el ataque con masivo fuego de artillería. “A todos nos sorprendió...cómo los viets habían conseguido las armas necesarias para producir un ataque de artillería de tanto poder”, escribió uno de los supervivientes. Lo que había sido concebido como un despliegue de poderío colonial se convirtió en una trampa mortal para los franceses. Chapoteando en el lodo y el fango, implacablemente golpeados por la artillería, perdieron 4 mil hombres según algunos cálculos. Tras 55 días de lucha, aplastados y humillados, los franceses se rindieron ante los vietnamitas, terminando con casi un siglo de dominación francesa en Indochina.
Con los imperialistas occidentales buscando un compromiso, ese año se celebró en Ginebra una conferencia en la que participaron la Unión Soviética, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y China, donde en 1949 había sido aplastado el dominio capitalista. Al iniciar la conferencia, los comunistas controlaban la mayor parte de Vietnam, Camboya y Laos. Al terminar el evento, sin embargo, Vietnam quedó dividido en el paralelo 17 y sólo se quedaron con Vietnam del Norte. Como escribió un funcionario estadounidense: “Irónicamente, el acuerdo que se redactó en Ginebra beneficiaba a todos, excepto a los vencedores... De algún modo convencieron a Ho Chi Minh —aparentemente mediante un esfuerzo conjunto sino-soviético— de que cediera la mitad del país, con la esperanza de que obtendría la otra mitad en cuanto se celebraran elecciones”. Como se pensaba que el 80 por ciento de la población de Vietnam del Sur favorecía la independencia, los imperialistas se encargaron de que esas elecciones nunca se celebraran. En el Norte, sin embargo, se expropió a los capitalistas y se introdujo una economía colectivizada, si bien a la clase obrera se le negó el poder político.
La Conferencia de Ginebra fue una de las muchas instancias en las que el Vietminh, y después la RDV/FLN, renunciaron a la inminente victoria en la mesa de negociaciones a petición de Stalin y sus sucesores y de los estalinistas chinos de Mao Zedong. Sin embargo, si bien los norvietnamitas se conformaron con el “socialismo” en medio país, la implacable persecución de sus camaradas en el Sur no se detuvo, especialmente bajo el régimen de Ngo Dinh Diem. En 1956, los estalinistas empezaron a apoyar realmente la lucha de resistencia en Vietnam del Sur.
Si bien para los burócratas de Moscú y Beijing era fácil vender una revolución ajena, para los estalinistas de Hanoi una traición total hubiera significado cortarse sus propias gargantas. La perspectiva política de los estalinistas era una alianza con los capitalistas nativos, pero esa clase resultó ser demasiado débil como para compartir el poder. Bajo el ataque del imperialismo y con su propia burguesía rechazando todos los ofrecimientos de una coalición, se vieron forzados a apoyarse en los obreros y los campesinos, aceptando a veces llevar a cabo medidas revolucionarias. Así, la guerra vietnamita planteó desde el principio una revolución social, con los obreros y campesinos de un lado y los burgueses locales y los imperialistas del otro.
Estados Unidos es expulsado
Tras la partida de Francia, Estados Unidos se hizo cargo de la campaña por aplastar la Revolución Vietnamita. Cuando el FLN reinició su lucha de resistencia, el presidente John F. Kennedy recurrió a las operaciones encubiertas, enviando a fuerzas de operaciones especiales (50 mil “asesores”) a Vietnam del Sur. La CIA inició el programa Fénix de infiltración, tortura y asesinatos.
Con la esperanza de forzar a Vietnam del Norte a que contuviera al FLN, en febrero de 1965 el gobierno de Lyndon B. Johnson lanzó una guerra a gran escala. Washington desató sobre Vietnam del Norte una inmensa campaña de bombardeos que duró tres años, mientras aumentaba masivamente el número de tropas en el Sur. En el punto culminante de la guerra, Estados Unidos tenía medio millón de efectivos combatiendo en Vietnam y otros 300 mil en las áreas circundantes. A lo largo de la guerra, el tonelaje de bombas que arrojó Estados Unidos superó al de todos los contendientes de la Segunda Guerra Mundial juntos. En total, Estados Unidos mató al menos a dos millones de vietnamitas, hiriendo y mutilando a varios millones más y devastando la mayor parte del campo.
Para quebrar la voluntad del gobierno estadounidense de proseguir la lucha, el 31 de enero de 1968 los norvietnamitas y el FLN lanzaron la Ofensiva de Tet, una serie de feroces ataques coordinados con la participación de cerca de 80 mil hombres y mujeres en más de 100 ciudades y pueblos de Vietnam del Sur. Aunque Estados Unidos y sus títeres sudvietnamitas lograron resistir los ataques, Tet demostró la determinación de los combatientes de la RDV y el FLN y aceleró la desmoralización de sus enemigos.
Conforme quedaba claro que la de Vietnam era una guerra perdida, Estados Unidos empezó a buscar negociaciones. En 1973 se firmaron en París unos acuerdos de paz que terminaban la participación directa de Estados Unidos en la guerra pero que dejaban a Vietnam del Sur bajo el dominio de los imperialistas. El programa formal de los estalinistas para el Sur seguía siendo el de un gobierno de coalición con fuerzas burguesas. Sin embargo, a diferencia de lo que pasó con el servilismo de 1954, numerosas tropas de la RDV y el FLN se quedaron en el Sur, y la guerra civil continuó por dos años más. Finalmente, a principios de 1975 el gobierno de Vietnam del Norte emprendió la “Gran Ofensiva de Primavera” para liberar el Sur. Giap supervisó el último empujón sobre Saigón y el 30 de abril los tanques de la RDV y el FLN entraron triunfalmente en la capital sudvietnamita. Los líderes del régimen títere derrotado y la burguesía sudvietnamita abandonaron el país como pudieron, y los estadounidenses que quedaban fueron evacuados del país en helicópteros.
Estalinismo y trotskismo en Vietnam
Como señalamos arriba, al final de la Segunda Guerra Mundial los acuerdos entre los imperialistas aliados y la burocracia del Kremlin le concedían Vietnam del Sur a Francia. Pero la reimposición del dominio colonial se topó con la oposición de los trotskistas, que habían adquirido una base de masas entre la clase obrera, así como de diversos nacionalistas. Cuando los británicos y los franceses reocuparon Saigón en septiembre de 1945, estalló una insurrección. Surgieron comités populares, particularmente en las proximidades de Saigón, y los campesinos se levantaron y quemaron las casas de campo de los grandes terratenientes. Los trotskistas llamaron a que los comités populares tomaran el poder, por el armamento del pueblo y por la nacionalización de la industria bajo control obrero. (Para más sobre esto, ver el folleto espartaquista de 1976, Stalinism and Trotskyism in Vietnam.)
Ese programa amenazaba el objetivo estalinista de acomodarse a la burguesía. Como declaró Nguyen Van Tao, quien entonces era el ministro del interior del Vietminh para el Sur: “Quien quiera que aliente a los campesinos a tomar las propiedades agrarias será severa e implacablemente castigado... No hemos llevado a cabo aún una revolución comunista, que resolverá el problema agrario. Éste es un gobierno meramente democrático y por lo tanto no puede enfrentar esa tarea”.
El más conocido de los líderes trotskistas, Ta Thu Thau, fue arrestado por órdenes del Vietminh. Tres veces fue juzgado por tribunales populares y las tres veces fue absuelto. Finalmente fue fusilado por orden del líder estalinista del Sur, Tran Van Giau. Cuando los franceses reinvadieron el Sur en octubre de 1945, los estalinistas se hicieron a un lado, concentrando su fuego en los trotskistas, cuyos líderes fueron asesinados sin excepción. Al poco tiempo, los aliados obligaron al Vietminh a abandonar Saigón. Una vez que Ho Chi Minh, con ayuda de Giap, entonces ministro del interior del Norte, hubo exterminado físicamente a la dirigencia trotskista, capituló a los aliados en el Norte.
En ese conflicto, el Partido Comunista Francés, que controlaba varios puestos ministeriales en el gobierno capitalista en París, ilustró los extremos a los que los estalinistas estaban dispuestos a llegar en su intento de congraciarse con la burguesía. Mientras Ho Chi Minh disolvía al Partido Comunista Indochino y accedía a que las tropas francesas entraran al Norte, ¡sus camaradas franceses se ocupaban de explicar por qué el derecho a la autodeterminación no aplicaba a Vietnam y votaban a favor de los créditos de guerra para financiar la fuerza expedicionaria francesa! El 20 de diciembre de 1946, a un mes del bombardeo de Hai Phong por los franceses, los diputados comunistas de la asamblea francesa votaron por enviarle felicitaciones a los cuerpos expedicionarios y a su verdugo en jefe, el general Leclerc.
Los comunistas vietnamitas quedaron atrapados entre su programa de buscar compartir el poder con la burguesía —de acuerdo al esquema estalinista de la “revolución por etapas”— y las necesidades de su propia supervivencia, que en última instancia exigía luchar hasta el fin contra los imperialistas y la burguesía nacional. Como explicó León Trotsky al desarrollar la teoría de la revolución permanente, en la época del imperialismo, las débiles burguesías de los países capitalistas atrasados, íntimamente asociadas al imperialismo y mortalmente temerosas de las masas obreras y campesinas, son incapaces de llevar a cabo las tareas democráticas de la liberación nacional y la revolución agraria. Esas tareas sólo pueden lograrse aplastando el dominio burgués y estableciendo una dictadura proletaria apoyada en el campesinado pobre.
Pese a su programa oficial, los estalinistas vietnamitas, como las fuerzas de Mao en China, se vieron obligados a tomar el poder en su propio nombre y, ya fuese inmediatamente o a corto plazo, romper el podrido dominio burgués. El que esos movimientos guerrilleros pequeñoburgueses pudieran llevar a cabo revoluciones sociales estuvo condicionado por circunstancias históricas altamente excepcionales, que incluían la extrema debilidad de la burguesía local, la ausencia de la clase obrera como contendiente por el poder y el contrapeso al imperialismo que significaba la Unión Soviética. Contra los supuestos trotskistas y demás izquierdistas que veían en los movimientos guerrilleros un sustituto de la movilización del proletariado en la lucha revolucionaria, la Spartacist League siempre ha insistido en que lo máximo que estas fuerzas pueden lograr, en condiciones extraordinariamente favorables, es la creación de estados obreros deformados.
Como escribimos al celebrar la derrota del imperialismo en Indochina (“Capitalist Class Rule Smashed in Vietnam, Cambodia!” [¡El dominio de la clase capitalista es aplastado en Vietnam, Camboya!] WV No. 68, 9 de mayo de 1975):
“Ya que su dominio está basado en la expropiación política de la clase obrera, estas castas burocráticas pequeñoburguesas son incapaces de movilizar a las masas proletarias en un asalto revolucionario internacional a los bastiones del capitalismo mundial, pues ello significaría su propia muerte”.
Los regímenes nacionalistas estalinistas desde La Habana hasta Hanoi y Beijing deben ser derrocados por revoluciones políticas obreras dirigidas por partidos trotskistas para abrirle paso al desarrollo socialista.
Estados Unidos: La guerra llega a casa
A lo largo de toda la guerra estadounidense en Vietnam y las masivas protestas antibélicas, la Spartacist League llamó por la defensa incondicional de Vietnam del Norte y por la victoria militar del FLN en el Sur, sin darle ningún apoyo político a la dirección estalinista. Nuestra consigna “¡Victoria a la Revolución Vietnamita!” expresaba nuestra comprensión de la naturaleza de clase de la guerra. Si bien nuestras consignas resultaban atractivas para muchos jóvenes en esa época de desplazamiento a la izquierda, tuvimos que nadar contra la corriente, combatiendo ideologías falsas populares entre los activistas más radicales, particularmente el maoísmo y la adulación a Ho Chi Minh. Nos opusimos a que las manifestaciones contra la guerra se convirtieran en plataformas de políticos burgueses, enfatizando que la guerra imperialista es inherente al sistema capitalista y sólo puede combatirse eficazmente sobre la base de un programa socialista y revolucionario.
En nuestros primeros artículos, criticamos a los regímenes burocráticos de la URSS y China por lo inadecuado de su apoyo militar a los vietnamitas y exigimos: “¡El escudo nuclear soviético debe cubrir a China y Vietnam del Norte!”. Denunciamos la escisión sino-soviética —un pleito animado por la competencia de los intereses nacionales de los dos regímenes— y llamamos a la unidad comunista contra el imperialismo. En respuesta a la invasión estadounidense de Camboya en 1970, la Spartacist League lanzó la consigna “¡Toda Indochina debe hacerse comunista!”.
El ejército estadounidense hervía en descontento, y en el país la guerra se volvía cada vez más impopular, y con ella su justificación en la Guerra Fría, sus costos económicos y las mentiras del gobierno. Aunque la burocracia sindical de la AFL-CIO dirigida por George Meany siguió siendo hasta el final un bastión de apoyo del gobierno, la guerra era mayormente impopular entre los trabajadores, tanto más cuanto se hacía evidente que era un atolladero interminable. Los estudiantes se radicalizaban conforme el gobierno demócrata de Johnson escalaba la participación militar. Muchos activistas rompieron con la dirección oficial del movimiento contra la guerra, que ostentaban los pacifistas liberales y los reformistas como el Partido Comunista (PC) y el Socialist Workers Party (SWP, Partido Obrero Socialista), que le hacían servilmente el trabajo a las “palomas” del Partido Demócrata predicando la necesidad de una salida negociada que salvara el prestigio de Estados Unidos.
El movimiento contra la guerra de Vietnam se alzó en la secuela inmediata de las luchas masivas y populares de los Derechos Civiles, que hicieron mella en el petulante clima político del anticomunismo de los años 50. Para finales de los años sesenta, las protestas contra la guerra coincidieron con un aumento en las huelgas y las explosiones de rabia en los guetos urbanos contra la brutalidad policiaca, la segregación y la pobreza. Pese al elitismo pequeñoburgués de los estudiantes y a los mejores esfuerzos de los racistas combatientes de la Guerra Fría de la AFL-CIO, los soldados y los obreros jóvenes estaban abiertos a los argumentos radicales.
Un volante espartaquista ampliamente distribuido en una de las masivas marchas a Washington (“From Protest to Power” [De la protesta a la toma del poder], 21 de octubre de 1967) señalaba que “el movimiento contra la guerra podría forzar a Johnson a retirar las tropas estadounidenses sólo si le provoca más miedo que la victoria de la Revolución Vietnamita. Ninguna manifestación, por efectiva y combativa que sea, podrá lograr eso. Sólo podrá lograrlo un movimiento capaz de tomar el poder. El movimiento contra la guerra no tiene futuro salvo como una fuerza para la construcción de un partido de cambio revolucionario”. El volante llamaba a los activistas a romper con el medio estudiantil y a orientarse al proletariado. Eso hubiera significado dejar de construir apoyo para los políticos capitalistas rompehuelgas “antiguerra” y los líderes negros vendidos como Martin Luther King, que apoyó la represión de los levantamientos de los guetos.
La Spartacist League se opuso a la resistencia a la conscripción y a las exenciones de los universitarios, un ejemplo del privilegio de clase que además impedía a los estudiantes opuestos a la guerra impactar las opiniones de los conscriptos de origen obrero. Llamamos a movilizar un paro general de un día contra la guerra y por un partido obrero construido mediante la vinculación del descontento con la guerra, el aumento de la combatividad sindical y lo explosivo de los guetos, fijando el curso hacia la lucha contra el sistema capitalista en su conjunto. La Spartacist League consiguió una audiencia para estas posiciones y reclutó sustancialmente del movimiento contra la guerra y la Nueva Izquierda. Sin embargo, los líderes oficiales y favorables al Partido Demócrata (con la ayuda del PC y el SWP) conservaron dentro del marco de la política socialpatriota y proimperialista a la mayoría de quienes odiaban la guerra.
El ala más previsora de la clase dominante se volvió derrotista desde su propio punto de vista de clase: dejaron de creer que Estados Unidos pudiera triunfar en Vietnam y empezaron a alarmarse cada vez más ante las consecuencias sociales de la guerra. Temían especialmente que el ejército fuera destruido como una fuerza de combate eficaz, repleto de drogadicción y soldados rasos más hostiles a sus oficiales que al “enemigo”. En el origen de este derrotismo burgués sobre Vietnam estuvieron los sucesos de Indonesia de 1965, cuando el régimen “progresista” de Sukarno fue derrocado por un golpe de estado reaccionario auspiciado por la CIA. El golpe dio lugar a la masacre de más de un millón de comunistas, obreros, campesinos y miembros de la etnia china. Al ser totalmente destruido el partido comunista más numeroso del mundo capitalista, los elementos de la clase dominante estadounidense pudieron hablar más fácilmente de cortar por lo sano en Vietnam.
¡Vietnam fue una victoria!
Durante muchos años, quienes se describían a sí mismos como socialistas y los exradicales nostálgicos de las grandes manifestaciones de la época de la guerra de Vietnam promovieron el mito de que el movimiento antibélico terminó la guerra. Pero fue el heroísmo y la tenacidad de los vietnamitas en el campo de batalla lo que quebró la voluntad de los imperialistas y los expulsó del país.
El Vietnam actual, un país que aún muestra las cicatrices de los implacables bombardeos y la deforestación devastadora, sigue siendo exprimido por las economías, mucho más poderosas, de los imperialistas, así como por su inmenso poderío militar. El reacercamiento diplomático de los estalinistas vietnamitas con Estados Unidos durante la última década refleja el aislamiento que sufre el país desde la destrucción contrarrevolucionaria de la Unión Soviética, la continua presión de la pobreza y la antipatía nacionalista que enfrentan mutuamente a las burocracias de Beijing y Hanoi (ver: “Sacudiendo las aguas del Mar de China Meridional—El imperialismo estadounidense aprieta el cerco militar en torno a China”, Espartaco No. 36, septiembre de 2012). El régimen estalinista también ha estimulado la desigualdad económica creciente que resulta de su versión del “socialismo de mercado”.
Sigue siendo un deber de los revolucionarios en las entrañas del monstruo imperialista defender incondicionalmente a Vietnam y los demás estados obreros deformados que quedan —China, Cuba, Corea del Norte y Laos— contra el imperialismo y las fuerzas contrarrevolucionarias internas. La lucha por revoluciones políticas que barran los regímenes estalinistas de esos países es inseparable de la lucha por movilizar al proletariado para derrocar el dominio capitalista en Norteamérica, Japón y Europa Occidental, el prerrequisito para construir una sociedad socialista de abundancia material. Esto requiere la construcción de partidos revolucionarios leninistas-trotskistas.
Cuando Estados Unidos lanzó sus ataques aéreos sobre Vietnam del Norte el 7 de febrero de 1965, le enviamos un telegrama a Ho Chi Minh que decía: “Spartacist en plena solidaridad con la defensa de su país ante ataque del imperialismo estadounidense. Lucha heroica de trabajadores vietnamitas impulsa revolución estadounidense”. Cuando los obreros de este país le arrebaten el poder a los asesinos gobernantes del capitalismo decadente, con seguridad derribarán los monumentos a los criminales de guerra imperialistas (y a los generales confederados) y erigirán en su lugar monumentos a Vo Nguyen Giap y otros que lucharon para librar a este planeta de la opresión y la explotación.
http://www.icl-fi.org/espanol/eo/40/giap.html
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